sábado, 9 de febrero de 2008

Adelante


A veces la vida se complica y no se ve el final del tunel. Hay que tener esperanza.
Pero la esperanza hay que encontrarla dentro de uno mismo.

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VIVIR EN POSITIVO

Sólo se salva el que da gracias. La primera vez que escuché esta frase me pareció demasiado dura y muy fuerte. Sin embargo, el Evangelio ratifica esta realidad, puesto que Jesús agradece la gratitud. Solamente aquellos que son capaces de dar gracias a Dios cada día son los que reconocen el rostro de un Dios amable que regala sus dones a manos llenas. Esta realidad nos la enseña la Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía, que no significa más que dar bien las gracias, especialmente en el prefacio de la Misa: “Es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar”. Ya no es sólo un deber sino que es nuestra salvación.

A veces nos dejamos vencer por el pesimismo y hay personas que sólo saben ver a su alrededor lo malo, lo triste y eso es una continua fuente de tensión, porque amamos como vemos y así, cuando vemos cosas positivas, nuestro corazón se va volviendo positivo y cuando sólo vemos cosas negativas, nuestro corazón se oscurece y no hace más que provocar desesperación y causar desesperanza.

El Evangelio nos invita a reflexionar, a parar y a decir: Señor, ¡cuántos motivos tengo yo para darte gracias! ¡Cuántas cosas has hecho en mi vida! Algunas, la mayoría, ni las conozco, pero sé que me has cuidado siempre y que has escrito para mí la historia más preciosa, en la que incluso los detalles de dolor y de cruz han servido para madurar mi alma, para crecer en el amor y en la confianza. Por eso, enséñame a dar gracias. Tengo que aprender a ir buscando los pensamientos negativos que pueda haber dentro de mí y a ir quitándolos poco a poco. Así es el alma del que sabe dar gracias, vive siempre en positivo, con esperanza y con ilusión, porque nunca desconfía que todo va a salir bien.

Hoy es un buen día para examinarnos y preguntarnos si nuestros juicios sobre las circunstancias, sobre las personas o sobre nosotros mismos son siempre negativos o si sabemos reconocer la mano de Dios cariñosa, que nos mima y que nos cuida.


Jesús Higueras Esteban

viernes, 8 de febrero de 2008

DEJANDO CONSTANCIA





















Hoy comienzo a escribir en este apartado. Espero que quien aquí pare, reciba un aliento, recoja alguna idea útil.


"!NO HAY NINGUNA EXPLICACIÓN PARA TODOS LOS SUFRIMIENTOS,Y LOS MALES Y LAS TORTURAS Y LA DESTRUCCIÓN Y EL HAMBRE QUE HAY EN EL MUNDO! ESO NUNCA SE LO PODRÁ EXPLICAR UNO; PUEDE INTENTARLO CON SUS FORMULAS, RELIGIOSAS O DE OTRA ÍNDOLE, PERO NUNCA SE LO EXPLICARA. PORQUE LA VIDA ES UN MISTERIO, LO CUAL QUIERE DECIR QUE CON SU MENTE RACIONAL, UNO NO PUEDE EXPLICÁRSELO. PARA ESO TIENE QUE DESPERTAR Y ENTONCES SE DARÁ CUENTA REPENTINAMENTE DE QUE LA REALIDAD NO ES EL PROBLEMA, EL PROBLEMA ES UNO MISMO".

Anthony de Mello



"No pretendas ser feliz a cada instante"


Ahora que habíamos aprendido a pensar en positivo, resulta que no basta. Ade­más, tenemos que aprender a aceptar todas nuestras neuras (pensamientos desagradables que podamos pade­cer: desde la ansiedad a la depresión).

La dificultad para aguantar hoy día cualquier malestar físico o cual­quier incomodidad material se trasla­da a la vida psíquica; y, por eso, nadie cree hoy que haya que sufrir men­talmente ni un solo instante. Así que, con independencia de los sucesos y preocupaciones que alguien padez­ca, se promociona, sobre todo desde los profesionales de la salud, tener de forma permanente y exclusiva "pen­samientos positivos","imágenes agradables", "buenos propósitos con to­dos los de alrededor", lo cual es ma­terialmente imposible.

Hay que aceptar que es normal tener pensamientos desagradables, sensaciones de ansie­dad o depresión (dentro de los pa­rámetros normales) y determinados miedos cuando nos pasan cosas pre­ocupantes. Si no lo aceptamos, no­sotros mismos nos provocaremos el sufrimiento. Pensaremos que somos menos listos y hábiles y acabaremos por tener dos problemas: el malestar que ya teníamos, y el sentimiento de ser incapaces de librarnos de él.


Pero ahora que habíamos aprendido a pensar en positivo, resulta que se trata de distanciarnos de nuestros pensamientos; ¿cómo se hace eso?

Distanciarse de los pensamientos quie­re decir aprender a poner en cues­tión lo que pasa por nuestra cabe­za, sea positivo o negativo. Si nos vie­ne una idea a la cabeza, normalmen­te pensamos "esto es así"; sin embargo, es mucho más sensato decirse "ahora pienso que esto es así". Dudar de lo que genera nuestra parlanchína e infatigable mente es un aprendizaje vital muy difícil; algo que los as­cetas, los sabios, los monjes... cultivan durante toda su existencia.

Hay que aceptar que no siempre podemos sen­tirnos bien.Y cuando hablo de cambiar el exterior me refiero a que tenemos la obligación de intentar, si se puede, mo­dificar las cosas externas sobre las que tenemos control. Ése sí es un camino.


Por ejemplo, si mi pareja es una gran fuente de su­frimiento, ten por seguro que no voy a poder aprender una regla psicoló­gica para despojarme de ese malestar. Lo que tengo que hacer es separarme o exigirle un cambio. Por supuesto, hay muchas cir­cunstancias en las que esto no es po­sible; por ejemplo, el fallecimiento de un ser querido.

¿En qué sentido el lenguaje puede ser aliado de nuestro bienestar psicológico?

Puede ser aliado de nuestro bienestar, pero suele serlo del malestar. Nuestro lenguaje es un auténtico aguafiestas de la vida.

Distanciarse posibili­ta relativizar las cosas, y nada hay tan relativo como nuestra valía, nuestra belleza, nuestra inteligencia... que de­penden siempre del criterio o de las personas con las que nos comparamos. Por ejemplo, si yo me digo "estoy mal", de entrada tomaré este pensa­miento como una verdad objetiva. Sin embargo, si soy capaz de darme cuen­ta que eso es sólo un pensamiento de un momento dado, algo generado por mi cabeza, de naturaleza relativa (pues depende de a quién tome como ideal) y sobre el que no tengo por qué quedarme encasquillada dándole vueltas y vueltas, entonces se facilitará un cam­bio de perspectiva.

Conviene aceptar los pensamientos, sentimientos y sensaciones desagra­dables, ¿por qué?

Uno de los problemas de nuestro ti­po de sociedad -que en otros aspectos es, desde luego, envidiable- es que no entiende que sufrir moderadamente es algo consustancial a vivir. Paradó­jicamente, el estado en que, creemos, no se sufre nada es en coma o completamente anestesiado; sin embargo, nadie opinará que esa es una manera deseable de vivir. Por tanto, vivir su­pone sufrir (algo, por otra parte, que no es ninguna novedad; es una de las máximas del budismo) .Y vivir mucho, arriesgando mucho, puede suponer sufrir mucho. Cualquier decisión vi­tal (comprar una casa, empezar un trabajo, emparejarse...) implica un riesgo,y es seguro que tendrá su cara y su cruz. Si no estamos dispuestos a arriesgar en na­da, acabaremos por no vivir en absoluto.

La ansiedad es, muchas veces, como la fiebre del niño: algo muy importan­te para indicarnos que puede tener una infección. Pero desprenderse de toda ansiedad a voluntad y al instante es imposible.

Únicamente si tienes presentes los ob­jetivos vitales -como norte o guía-cobra sentido el enfrentarse a los mie­dos o asumir la propia tristeza.

¿Con qué cree que tiene que ver la fe­licidad y la paz de espíritu?

Pa­ra estar satisfecho con la vida y mostrarse acorde con los propios valores, se vuelve necesario pasar sinsabores, incluso muy prolongados en el tiem­po. Es como la paternidad: cualquier persona realista sabe que está cargada de sinsabores, de noches en vela, de carreras al hospital, de preocupaciones... en especial cuando los hijos tie­nen discapacidades o distintos proble­mas; pero si esa paternidad es uno de nuestros objetivos vitales, ¿cómo no asumir estos problemas y vivirlos con normalidad?